6/10/08

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Charles Baudelaire


Baudelaire por Nadar

Le frisson nouveau
Baudelaire por Nadar, ¿1855?
Desnuda Materia Nº 2
Reflexiones sobre Arte y Literatura
Carlos Barbarito







I

Hubo un tiempo en la literatura en el que lo único a temer era el fantasma. Visión quimérica —dice el diccionario—, como la que ofrecen los sueños o la imaginación acalorada. El fantasma no pertenece a este mundo, habita en otro plano, en lo sobrenatural y prefiere las construcciones amplias con numerosos pasadizos y escaleras donde esconderse y aparecerse de pronto —es inimaginable un fantasma en un departamento de una o dos habitaciones, salvo que lo queramos confinar allí para tornarlo ridículo o patético. Por lo general, el fantasma, al cabo de tanto aparecerse deja de asustar y los habituales u ocasionales habitantes de la casona terminan por acostumbrarse. E, incluso, le ponen un nombre y se divierten llamándolo cuando el juego de cartas o la partida de ajedrez no alcanza.



Casi siempre el fantasma es al final vencido. O, al menos, devuelto a su mundo —es decir sepultado de manera correcta, como se debe. Un fantasma es un alma en pena que clama por un enterramiento digno, con cita bíblica y adecuado servicio. A veces procura venganza por un hecho del pasado y en este caso se manifiesta irascible, agita más fuerte las cadenas y emite un sonido monocorde.

Pero el fantasma es, invariablemente, un suceso exterior, ajeno. Afirma J. M. Cohen (1) que Horace Walpole llama a la literatura de fantasmas escalofríos deleitables. El lector sabe que aparecidos y espectros están confinados en construcciones tan complejas como remotas y, además, si es curioso sabrá que la ciencia, a través de sesudos estudios, hace tiempo decretó la imposibilidad del fantasma. Se deleita leyendo, es decir: no teme como no le teme a las brujas de los relatos tradicionales, habitantes de mundos pasados o atemporales, incapaces de acceder al mundo real.

Pero la literatura deparó sorpresas al respecto, para intranquilidad de los confiados lectores. Desde Poe y Baudelaire el fantasma dejó de ser espantajo o espíritu errante, voz que clama y causa más pena que otra cosa, siempre situado afuera para transportarlo a lo más profundo de cada uno. Lo sobrenatural se convirtió en sicología. Baudelaire, sostiene Cohen, presentó su mente y su corazón como un limbo sobrenatural del que no había posibilidad de escapar a un mundo más tranquilo. Y agrega: ...transformó lo sobrenatural en algo interno sustituyendo las manidas almas en pena y los aparecidos por el horror de la complejidad sicológica.(2)

Frisson nouveau, lo llama Victor Hugo en una carta dirigida al propio Baudelaire. Hugo supo, en ese momento, 1857, con motivo de la publicación de Les fleurs du mal, que ya no había posibilidad de regreso: el mero recurso tan explotado para deleitar se había transformado, en ese libro, y para siempre, en otra cosa. La tempestad desatada por Baudelaire barrió con el concepto del varón ilustre por sus hazañas y virtudes, personaje elevado en la epopeya, el héroe. Un héroe puede enfrentarse, con grandes posibilidades de victoria, con un fantasma; ahora, ¿cómo lleva a cabo su tarea cuando el fantasma reside en su propio ser? ¿Cómo combate y con qué armas? Recuerdo espadas encontradas en tumbas como recurso eficaz. Me acuerdo de conjuros, invocaciones, fórmulas. Y, como se vio antes, de buenas y afiladas palas y buenas ediciones de los Evangelios. Pero desde el nuevo escalofrío todo cambió, al héroe sucedió una especie de médico que, en Baudelaire, se autoexamina y hasta se autointerviene, bisturí en mano; cirujano que más adelante saldrá de sí para auscultar y operar a la sociedad.

Baudelaire por Nadar, 1855


II

Yo soy el otro —expresión harto conocida de Rimbaud. División, escisión en el seno de quien escribe; nunca antes —creo— ningún escritor se hubiese atrevido a formular tal cosa. En un mismo ser dos direcciones, simultáneas y opuestas, hacia arriba y hacia abajo. En Baudelaire —me parece— todavía persiste un rastro del descenso y ascenso propio de la busca de salvación o perfección teologal; perfección que desmienten sus poemas —Baudelaire no aspira a la claridad de un Gautier, desafía a la claridad mediante oscuridades y contradicciones. Personalidad en extremo compleja, Baudelaire desconcertó a sus contemporáneos e inauguró un fértil camino para la poesía que más tarde transitaron Verlaine, su discípulo, Eliot, Rilke, Montale...

El lenguaje se torna desde entonces impreciso, ajeno a la retórica. Se aboca a la representación de experiencias para las cuales no hay palabras o ante las cuales las palabras no alcanzan. Pero, también, Baudelaire —que no otorga sosiego— en su estricta modernidad se nos aparece como un antiguo, una especie de Racine que encuentra en Roma decadente una fuente en la que abrevar porque —confiesa— se siente en medio del fin de otra civilización. Así, en Baudelaire hay al menos dos: un dandy, gozador de la modernidad, vestido a la moda y que pasa largos ratos contemplándose al espejo; alguien que mira hacia atrás, a momentos determinados de la historia que encuentra afines a los días en que vive. De todos modos, sin duda, hombre de su época como pocos.

Me parece adecuado formular la siguiente pregunta: ¿fue Baudelaire el gran culpable del alejamiento de los lectores de la poesía? Aun hoy, en claustros y escuelas, se repiten los poemas anteriores a Baudelaire y los que a lo largo de los años hasta hoy persiguen claridades. Los que pueden ser leídos sin tropiezos, sin contradicción alguna, desprovistos de oscuridades. La poesía moderna sufrió una profunda y brutal mutación, en su cuerpo las marcas de una contemporaneidad que expulsó al poeta. Miremos un momento aquel período y veremos que la angustia se produjo primero en Francia —luego de Waterloo. A partir de Baudelaire y Rimbaud el poeta se convirtió en clarividente y predijo guerras y revoluciones —en realidad se trata más bien de más sensibilidad ante las señales de alrededor, las cuales no eran vistas por el resto sumido en la indiferencia o la apatía. Un caso conocido el de Hofmannsthal, pronosticador de la caída de Austria-Hungría y de la inminencia de la revolución proletaria. Otro caso semejante el de Blok, temeroso y deseoso, al mismo tiempo, de lo por venir, en Rusia, diez años después de la fracasada revolución de 1905 y dos antes de los sucesos de 1917.

Entretanto, Dios si está todavía (cosa harto dudosa) sufre de sordera y no oye a los hombres. Velozmente todo se aproxima a la barbarie. Y ante la certeza de que ya no hay receptor para elevar el ruego y la inminencia de devastación y crimen masivos, se solidifica una poética desesperanzada, escéptica. O se rechaza el mundo o se lo acepta, sin medias tintas. Mundo donde los hombres parecen ser apenas piezas en un inmenso tablero de un juego en el que se repiten los desastres, del cual sólo se puede huir a través de los paraísos artificiales o, como en el caso de Yeats, del regreso a la sencillez del santo o el mendigo.


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Notas

(1) Cohen, J. M. Poesía de nuestro tiempo. FCE, México-Buenos Aires, 1963.
(2) Cohen, J. M. Op. cit.

Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

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